JACK WINDORcapitulo 1 CONFESION
JACK WINDOR
CONFESIÓN
Muchos dicen que me he vuelto loco por completo, que sin duda alguna ya no tengo remedio… El diagnóstico siempre es el mismo, el médico… “locura extrema”, el religioso… “un pobre ser con el demonio dentro”… Incluso a los que llamaba amigos me han dado la espalda, dejándome abandonado en este desquiciante lugar.
¿Es qué nadie recuerda lo que pasó? o ¿Es qué en realidad estoy loco y todo está en mi cabeza? Pero no, no lo creo… Él, él existe, yo lo veo y por desgracia soy el único. No entiendo porque me consideren un demente o peor aún un poseído. He intentado de mil maneras posibles demostrarles lo contrario, respondo bien a cada pregunta que me hacen, coordino bien todos mis movimientos, razono incluso mejor que muchos de ellos… Nada los convence, en realidad me temen; no los culpo, después de todo, ellos no saben lo que yo sí.
Definitivamente nada tiene sentido, tampoco el hecho de que me esté destrozando las manos al escribir en estas paredes, paredes que he visto desde ya hace tres meses, muros que me sofocan y que por ser inertes no pueden ser testigos que confirmen mi cordura. Ellos son los que presencian las continuas y aterradoras visitas de aquél ser vil.
Sé bien que al hacer esto me estoy condenando al castigo de las llamas eternas; pero si no lo hago seguro que si pierdo la razón. Ignoro si algún día mis restos serán descubiertos, incluso dudo que todo esto sea tomado en serio… ¡Dios por favor perdóname pues mi crimen es seguir vivo, ser parte de ese ser oscuro y desearle lo peor a la gente que me ha encarcelado!
Veo las cuatro paredes anchas, cuarteadas y húmedas que son el recinto de mi agobiante confesión, ya es de noche y la abertura del techo es tan pequeña que a penas y alcanzo a ver…Cierro los ojos inútilmente pues sé que él los ha de abrir con su sola presencia. Ayer, ayer estuvo aquí… Recorrió cada rincón y nunca apartó su vista de mí, cada noche se vuelve más asfixiante el ambiente y el deseo de que amanezca pronto pareciera ser demasiado porque no siento que avance, en la pared al igual que en el suelo se hallan manchas de sangre, ya no me importa nada, si me desangro es mejor…
Corre el año 18… Mi nombre es Miguel Hernández Mondragón, soy o mejor dicho era religioso o al menos eso me hicieron creer durante mucho tiempo, el motivo por el cual estoy aquí ya lo saben… Es de ustedes juzgar si después de lo que estoy por contarles soy o no un demente.
Todo comenzó hace diez años, cuando estaba por cumplir los veinticinco, era parte de una congregación de monjes, el más joven de todos; la abadía se encontraba muy cerca del bosque que la gente del pueblo llamaba “Jaddor” según ellos era un nombre maldito. Yo creía que eran supersticiones, pero no lo eran.
Recuerdo que era un mes de febrero muy frío y sumamente nublado… Algo de ese día provocaba una sensación de vacío y temor impresionantes. Estaba en la pequeña huerta cuando alcance a escuchar un leve susurro que provenía de la entrada del bosque…
-lum raal… lum raal…
Esa voz era perturbadora e hizo estremecer todos mis sentidos. Miré a mi compañero de trabajo, pero al parecer él no había escuchado nada. Lo primero que pensé es que estaba demasiado estresado y cuando reanudé mi labor esa voz cobró nuevamente vida y con mucha mayor fuerza que la primera:
-¡ lum ri jan ce kal ni al duel... Al escucharla por segunda vez di por hecho que eso no era producto de mi cansancio… Dejé la pala que estaba utilizando y cuando me animé a investigar de dónde provenía y quién emitía la misteriosa voz. Julio Martínez, mi maestro de anatomía me llamó para notificarme que el abad Jeremías me llamaba… Así que me fue imposible averiguarlo.
Al llegar con el abad, aquella sensación de escalofríos volvió y sentí como si alguien estuviera detrás de mí. Permanecí parado junto a la puerta, mirando con admiración al ser que se había hecho cargo de mí durante casi veinticinco años; yo no tuve la oportunidad de conocer a mi familia, es más, ni aun a quien me dio la vida… Fui abandonado a las puertas de este recinto a los pocos días de nacido y fue el abad quien me introdujo a su vida y a su mundo…
-¡Muchacho! (dijo el abad), Pero por qué te quedas ahí, ¡pasa, pasa! que el tiempo es oro, y mira que te lo dice alguien de segundos contados. Es increíble hijo mío, muy pronto cumplirás veinticinco años, me complace ver que eres alguien de bien, tu entusiasmo, alegría, perseverancia, lealtad, entrega son admirables y dignas de seguir; no sé como decirte esto… No quiero que me interrumpas, escucha con atención y sé que mi actitud no tiene justificación, pero espero que en la bondad de tu corazón halle yo tu perdón… No puedo decir el motivo o las razones que tengo para implorar, que tu, mi más apreciado alumno, al que he protegido como a un hijo le he causado un gran daño… Si bien no me perdonas te pido que me comprendas… Con el paso del tiempo, quizá, te enteres de todo y si eso ocurre no me maldigas, no soportaría el rechazo de la persona más amada y más cercana a un pariente, ¡absuelve a este ser nefasto que implora clemencia!
Al verlo con los ojos cristalinos llenos de una angustia incalculable me pasmé; no entendía porque yo debería perdonarle algo a la persona que me acogió sin ningún interés… El rostro de mi superior se me ha quedado grabada profundamente en mi mente; ahora entiendo por qué, y sinceramente no le guardo resentimiento alguno, después de todo, yo ya estaba maldito y en el libro de la vida yo había sido consignado para ser parte, a ser pieza elemental de la perversidad de aquél, al que ahora le debo que me tomen como un maniático y un problema para cualquiera que se me acerque. Pues bien, en ese momento no pude decir absolutamente nada y eso es algo que hasta el fin de mis días no me lo voy a arrancar… Nunca pude hacerle saber que por mí no habría jamás de recibir un sentimiento negativo.
Estábamos aún en eso cuando alguien tocó a la puerta; grande fue mi sorpresa al ver que se trataba de Amos, el era de los miembros mayores y sobretodo de los más sabios… Había sido mi maestro de teología, además cuando niño, siempre me hablaba de lo importante que era el aceptar el destino, la misión que nos fuera encomendada; pero hacía mucho mayor énfasis en no temerme a mi mismo, en no tenerme lastima y repugnación. Al unírsenos me extrañé aún más; en una palabra, me sentí incómodo al estar entre personas tan respetables… Comencé a mirar hacia el techo, no sabía como improvisar una salida…Estaba a punto de pararme cuando…
-¡Que gusto me da verte, querido amigo! (le dijo el abad a el maestro Amos, invitándolo a sentarse a mi lado) Pues bien, reunidos todos daremos inicio al asunto que nos concierne. Hoy es un día muy especial, es un día en el que surge un nuevo miembro de nuestra congregación… Amos, te presento a tu nuevo alumno; Miguel he aquí a tu guía espiritual, observador, maestro, calificador. Me complace decirte que la congregación ha decretado tu ordenación gracias al desempeño que has mostrado durante todo este tiempo de preparación ardua y continua, es mucha alegría la que veo reflejada en tu rostro, sin embargo aún falta que pases una prueba y es uno de los motivos por el cual el maestro Amos, tu y yo estamos aquí.
Escuché atento todo lo que el abad comentaba… Al finalizar la reunión sentí lo que nunca había experimentado: ¡temor! y eso apenas era el inicio de lo mucho que me faltaba por enfrentar.
-Eso es todo, (dijo el maestro Jeremías, dándome un cálido abrazo) te deseo el mejor de los éxitos… Que el Señor te acompañe, bueno no te entretengo más, es muy poco el tiempo que tienes para empacar tus cosas; recuerda que hoy mismo parten.
Quedé fascinado, mi sueño mi más anhelado y venerado sueño estaba por cumplirse y sólo faltaba un toque para lograrlo. Me paré de prisa y salí tan efusivo que había olvidado lo sucedido con el abad; qué tendría que perdonarle yo, un simple muchachillo. Al querer entrar de nuevo escuché sin querer una conversación que hasta apenas hoy, creo, explica gran parte de mi existencia.
-Jeremías (dijo con preocupación Amos) te das cuenta de que si este muchacho resulta ser el elegido… Quizá tú…
- Sí, lo sé, (asintió el abad) ya lo sé; fueron muchos los años que me aferré a la idea de que Miguel no podía ser. Sus virtudes, talentos y su buen corazón se me hacían rotundamente incompatibles con aquel ser vil y repugnante; pero así tenía que ser la víctima del holocausto y creedme que ruego a Dios porque nos equivoquemos y no sea él quien tenga que pagar con su sangre lo que ya hace mucho tiempo sucedió justamente en este pueblo.
-Abad Jeremías, (repuso Amos) esto apenas es el Génesis para unos cuantos…
-… Y el Apocalipsis para otros (respondió el abad); lamento dejarte todo el peso, pero mi labor ha concluido aquí y sé que hoy he de partir para siempre.
¿Génesis, Apocalipsis? No entendía nada de lo que hablaban sin embargo esa sensación extraña se apoderó con mucha mayor fuerza de todo mi ser. Estaba pensativo y algo cabizbajo, ya eran cerca de las cuatro de la tarde y me encontraba preparado para emprender el viaje.
-¡Miguel ha llegado la hora de marcharnos! (me dijo Amos) Eres alguien muy especial y como tal te aguardan cosas nuevas, retos, tormentas y peligros.
Subimos a un carruaje ya muy viejo y sinceramente dudaba que llegáramos a nuestro destino con ese tipo de transporte; en fin, qué podía decirle a la persona más conservadora y necia del mundo. Conforme avanzábamos me quedaba más maravillado, aquel viaje era una delicia; inmensos árboles con un follaje verde cautivador, la exquisitez de la fragancia de aquellas flores coloridas, el deslumbrante lago azul y cristalino, la combinación mágica de belleza con misterio…
-¿Placentero, no crees? (preguntó Amos) ¿Cómo calificas este lugar? Dime Miguel qué opinas.
-¡Excepcional, un paraíso! (le respondí)
-Así es, es irónico (continuó Amos, echando un vistazo a todo el alrededor); pero pareciera que la madre naturaleza regala estos pequeños minutos de placer a la gente que viene por aquí para después adentrarse a “JADDOR”… El cementerio de lo olvidado.
“Jaddor”… Esa era la primera vez que iba a entrar a lo profundo de sus entrañas y tal como lo dijo el sabio Amos, ese bosque era todo lo contrario y poco a poco la red de raíces de los árboles hacían más angosto el camino, luego lo dificultaron las inmensas zarzas; y después fue la falta de luz que era opacada por lo tupido de los follajes y la pequeña lámpara de aceite que llevábamos para alumbrar no era de mucha utilidad pues ante aquella inmensa oscuridad nada se podía hacer.
-¡No te preocupes Miguel! (dijo Amos sonriéndome) Conozco muy bien este camino; no hay mayor peligro que la propia mente… Aquí es donde poca gente se atreve a cruzar debido a las creencias que se tienen respecto a espíritus malignos, de muertos andantes y todo ese tipo de cosas; pero es pura sugestión suya.
Inventos o no, el bosque era escalofriante a más no poder… El miedo no faltaba en mí, respiraba pausada y profundamente cuando aquella voz que había escuchado en la abadía volvió a aturdirme y provocar que se entrecortara mi aliento y se asfixiara mi alma. La evadía torpemente, se hallaba por doquier y todo mi cuerpo se estremecía al igual que mi corazón; pareciera que el inconsciente captara el mensaje de ese extraño lenguaje.
-Lutó raal lumiré… Lum ri jan ce kal ni al duel…
Minuto a minuto cobraba mayor fuerza, topaba con cualquier pensamiento que trataba de retener para rechazar lo que me estaba volviendo loco. Sin saber cómo, aquella penumbra se tornó visible y grande fue mi asombro al verme rodeado de una multitud de enardecidos hombres y mujeres que marchaban a una misma dirección: “Jaddor.” Miré confundido a todos los puntos, trataba de averiguar el por qué de su furia; hasta que en uno de esos intentos vi con horror que la causante era una mujer de alrededor de veinte años que estaba embarazada; sí embarazada… Quise correr para ayudarla pero me fue imposible…
-¡Amos, Amos! ¿Dónde estas? ¡Por Dios, dejen a esa pobre mujer en paz! ¿Qué daño les ha causado para que la castiguen de esa forma?
Mis palabras fueron inútiles, era repugnante presenciar cómo la arrastraban e… Irremediablemente yo sabía que su destino era terminar calcinada por las llamas; la inquisición no perdonaba la falta de una mujer… ignoraba cuál había sido su pecado, pero cuando su mirada suplicante se clavó en la mía me sentí obligado a rescatarla. Grité lo más fuerte que pude, sentía como mi garganta se gastaba. Fracasando en cada esfuerzo me di cuenta que no lo lograría… Parecía que nadie me escuchaba, mi presencia no contaba ni como amenaza, ni como estorbo; agobiado comencé a pedir por la salvación de esa alma y al enderezar la cabeza la gente se separaba haciendo paso a alguien, al parecer importante.
Quedé petrificado al contemplar de quien se trataba. Un tipo bien parecido, alto, delgado, de una elegancia cautivadora, piel clara, cabello rizado y oscuro, cara ovalada, cejas pobladas y artísticamente formadas, ojos ligeramente pequeños y de un color miel intenso, nariz afilada, labios delicados y de una atinada barbilla partida. Su mirada en especial era manipuladora y al igual que Amos, profunda, sólo que ésta en particular parecía adentrarse a los más íntimos rincones de tu mente, alma y corazón. Me miraba con cuidado y por un momento me sentí acechado por una fiera que se alista a cazar a su presa…
-¡Por favor, ayúdeme a rescatar a esa mujer! (le dije al caballero) Nadie me atiende y usted parece entender mi preocupación…
Aún no sé como es que me destrabé para vencer el pánico ejercido por aquel hombre. No se movía, no parpadeaba siquiera; parecía que estaba muerto en vida. De pronto sonrió frívolamente y extendiendo su mano derecha me señaló a la que iba a ser ejecutada… Ella, en vano protegía su vientre de los palos y piedras que le aventaban, en vano pedía auxilio; y su llanto desgarraba mi alma por completo, haciendo que me sintiera culpable de su desgracia.
-¡Lutó raal lumiré, lide Mereli ba o´s olvo…!
La voz, que había estado escuchando desde hacía mucho tiempo, provenía de ese distinguido caballero. Al voltear para cerciorarme de ello se encontraba ya no enfrente sino al lado derecho mío. Sujetó fuertemente mi hombro y susurró:
-Henkro o´tod lámile Ce balalá is plaris norum im orento…
Mientras me repetía eso una y otra vez presencié con horror cómo las llamas comenzaban a devorar a la joven mujer. De pronto se abrió un camino ancho entre ella y yo… El fuego cobraba vida y en un abrir y cerrar de ojos me vi envuelto en él… El dolor me resultaba insoportable…
-¡Ayúdeme, ayúdeme; por favor! ¡Amos, Amos; salva a la mujer, sálvala!
El rostro de aquella persona estaba grabada en mi mente y cada palabra pronunciada por él aumentaba mi sufrimiento…Oía voces, voces que me eran familiares; y por otro lado veía rostros, lugares, personas que jamás en mi vida había conocido… Hubo una de las imágenes en la que más me centré. Al parecer era un terreno baldío, la gente vestía de negro lo que me hizo pensar que aquello era un entierro; pese a eso las personas no mostraban aflicción sino enojo, rabia, iban maldiciendo al cadáver, cosa extraña en ese tipo de situaciones. Nadie pronunció una sola palabra de despedida o algún recuerdo grato del difunto; se apresuraron a echarle tierra e incluso piedras de todos los tamaños y uno de entre toda la multitud se acercó caritativamente a bendecir con agua bendita el lecho… Se oyó un gran estruendo y las mujeres comenzaron a gritar despavoridas- ¡Fuego, fuego! ¡El conde nos está llevándonos con él al infierno!- un gigantesco círculo de llamas se había formado, rodeando a todos los que estaban ahí; el cielo se tornó oscuro, la tierra se removía por sí sola y al hacerlo provocaba un ligero temblor… Y eso no fue todo lo grave estaba por iniciar; un ventarrón se produjo y enseguida los truenos y rayos no se hicieron esperar; una tormenta jamás vista se desató con furia sobre nosotros y ante el escape precipitado de la muchedumbre fui empujado hasta quedar frente al que había sido sepultado.
Sólo alcanzo a recordar el estruendo del ensordecedor trueno y el deslumbrante y encolerizado rayo que cayó sobre el cuerpo del conde. Fue una experiencia perturbadora ya que vi cómo el desdichado era partido en dos por el impacto y desde luego calcinado… Sin embargo lo más asombroso fue darme cuenta, minutos después, que el cuerpo estaba intacto y que sus ojos, sus ojos estaban completamente fijos en una sola persona y esa persona era yo…
No podía ser posible, era el mismo caballero, el de la voz. De nuevo me hizo sentir como una presa acechada y al volver él, las llamas volvieron a cubrirme; mi vista se nublaba y era ya tanto el dolor que no tenía fuerza para gritar…
-So tul Mied e bogú ni fecia
Ignoro cómo es que desperté, lo único que sé es que lo hice gritando desesperadamente un nombre, un nombre que es el sinónimo mismo de la imperfección, maldad, y de todo lo que tenga que ver con el mundo de las tinieblas; lo que tengo bien presente es que a partir de ese día cuando mencioné el nombre prohibido mi vida comenzó a cambiar…
CONTINUARA….
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